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Tiritas para la memoria (PARTE II)

Verónica Villa, Roma

Me consta que, para algunos, este concepto de memoria viva será muy complejo de comprender.

Algunas personas se construyen una memoria selectiva a su medida, de la que pretenden borrar a otras personas y experiencias con la misma facilidad con la que borran una foto o bloquean un contacto en su teléfono móvil.

Ahora te cancelo. Me basta un dedo. Ya no existes. Ya no eres parte de mí. Sigo con mi vida en la que yo elijo no tener problemas.

Porque, para muchas de estas personas, amar se ha convertido en un problema, sentir afectos más allá del amor propio o de la necesidad vital de tener sexo y solo sexo, cada vez más pronto; cada vez más rápido, sin ningún tipo de vinculación emocional con su compañero o compañera de cama por tiempo limitado y con fecha de caducidad, es un problema. Y, por supuesto, tener memoria humana es un problema.

Pretendiendo renunciar a su memoria, pretenden renunciar a su condición de humanos, ergo… creyendo que eliminan un problema menor, no hacen otra cosa que alimentar el mayor de los problemas.

Muchas de esas personas hablan con autoridad y rotundidad absolutas de lo injustas que son las guerras, los atentados terroristas, las noticias del hambre en el mundo, la violencia de género y un largo etcétera de dolores asociados a la enfermedad crónica de nuestra casa azul de la que todos somos -por cierto- coinquilinos, mientras no son capaces de darse cuenta, drogados por su propio egoísmo, de que ellos mismos están atentando continuamente contra su realidad cercana. Contra miradas, tal vez verdaderamente sensibles, llenas de afectos que compartir, de maravillas que dar; que inventar cada día, o de esperanzas luminosas a pesar de la aparente oscuridad circundante.

Cada vez hay más personas capaces de inventar una vida; de moldear un rol o una personalidad fingida con total impunidad; de convertir la mentira en la pieza angular de su modus vivendi con el único fin de satisfacer sus placeres o su ego.

Y son las mismas personas a las que se les llena la boca hablando de presidentes locos, de terroristas desalmados, de la injusticia de una masiva destrucción a escala global…

Y yo no puedo evitar que este hecho, tristemente tan cotidiano para mí en los últimos tiempos, me resulte tan alucinante como asqueroso hasta el punto en que, noche tras noche, la sensación de permanente náusea me hace no poder cerrar los ojos en paz por mis acuciantes dudas de fe en el género humano.

Supongo que, en cierto sentido, la normalidad es lo que se convierte en norma en el contexto sociocultural en el que vives y te desarrollas como ser humano.

Y el hecho de que la mentira -que tanto ha herido mi alma desde que puedo recordar- al parecer se haya convertido en la norma, me empuja constantemente a ponerme la armadura de la desconfianza para salir al mundo. Irremediablemente.

Lo digo siempre: toda revolución positiva empieza en lo pequeño.

Pero también toda guerra.

Cada uno de nosotros es un mundo en miniatura. Un micromundo que, por sí mismo, puede resultar insignificante. Pero convendría tener presente que un micromundo que interactúa con otros micromundos, es capaz de generar reacciones en cadena de magnitudes incalculables.

Y la prueba ello no está solo en los informativos. Está en nuestra oficina, en el bar de abajo, en un colegio, en el parque más cercano o en un vagón del metro.

Somos, al mismo tiempo, el virus y su cura. Ninguno de nosotros será eterno, pero entre otros poderes, tenemos el poder de generar una memoria que valga la pena.

Deberíamos quizá pensar más a menudo en todas las cosas que infravaloramos o a las que hemos dejado de dar importancia: una palabra -la comunicación abierta en general-, una mirada, una sonrisa, un gesto tal como una mano sobre el hombro de alguien a quien aprecias, un abrazo, la verdad como filosofía de vida, aunque sea imperfecta -¡¡maravillosamente imperfecta!!!- Porque solo así descubriremos que, en la mayoría de ocasiones, nuestra actitud es la herramienta que, en función de su uso, es tan capaz de herir memorias como de sanarlas.

Autor: difundeculturaAdmin

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