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La infinita tristeza de la risa

Víctor Yanes, S/C de La Palma

La transgresión debe ser hacia dentro, en un diálogo entre uno y el universo porque lo valiente no siempre es salir del confortable hogar. Fuera, en el exterior, están las inclemencias que agobian y cercan, en ocasiones, nuestra existencia. Qué duda cabe que la decisión de enfrentar las adversidades derivadas de la vida social, forman parte de un intento más o menos torpe, más o menos acertado, por tomar el timón, el mando, la capitanía general de la propia vida, pero el exceso de mundo externo señala el camino del inquietante desequilibrio. La perpetuidad de la fiesta y de la risa rompe las comisuras de cualquier boca que ha perdido ya el sentido de la realidad. La risa como una droga y la socialización incombustible es la definitiva muerte, el descanse en paz y para siempre. Nadie quiere quedarse solo. Si me quedo solo, conmigo mismo, si el silencio invade todos los rincones de mi casa, si mi cuerpo se mueve por las estancias sin encontrarse con otro cuerpo, si supeditamos, exclusivamente, la vigencia vital de nuestro cuerpo a la necesaria correspondencia con otro cuerpo, estamos perdidos.

La incapacidad para estar solos, presente en la mayoría de militantes de este inextricable sistema que no posee ningún sentido (se puede vivir sin sufrimiento dentro del caos) y que llamamos sociedad, es una limitación tan grave que condiciona cualquier propuesta de crecimiento y evolución. Esencialmente, creo que sin un inviolable espacio de soledad y silencio nos tendremos que ver obligados a conformarnos con ser felices en nuestra mediocridad. El ruido de las turbinas y de los escapes contaminantes del tráfico rodado, la persistencia de las luces de los tubos de neón de la publicidad, la enorme mentira de la alegría plástica de eterno buen rollito, querer gustar y querer seducir, ser algo para los demás y depender de cualquier resto de amor sobrante o ser guiado como un ciego, por la aguda hambruna del que desea sentirse considerado y valorado. Buscar en el corazón y en el vacío de los otros la forma más agradable y fácil de llenar el vacío propio, porque la letal ironía de la existencia nos señala que un vacío íntimo se llena con otro vacío ajeno. Nos entregamos a esta idea para poder acceder a un paraíso de absurda excitación, de barata amistad y barata compañía. Si no somos capaces de adentrarnos en el terreno pantanoso de la introspección cómo vamos a ser, por ejemplo, transgresores, rebeldes con sentido más allá de un golpe furioso de esporádica animalidad. Se necesita mirar hacia dentro, sentir el contacto honesto y sin disimulos con el ser humano que somos y que está detrás del escaparate de la apariencia. La provocación, como una manera directa y no dulcificada de generar sorpresa, asombro y, sobre todo, reflexión, ha desaparecido. No son pocos los que se arriman a cierto cliché manido, a través del cual, autoproclamarse pensadores o actores que van a contracorriente. No veo hoy transgresores, bueno sí, veo un tipo de bufoncillo o bufoncilla que recurre, para sentirse importante en su rol de transgresor o transgresora, a la simple acción del exhibicionismo de una rabieta o de un lenguaje insolente en su versión más idiota y banal porque la banalidad, amigo lector, no provoca, divierte, tan sólo divierte y, a veces, ni eso.

Sin el viaje a la soledad y al recogimiento, perfectamente compatible con otras actividades de índole pública, no será posible más que la vulgaridad de los personajes que se sienten valientes sin serlo, que salen del cascarón de la vida común y doméstica, para hacerse notar con lo que creen es su gran e incuestionable discurso de transformación.

 

difundeculturaAdmin

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