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La entidad vírica maléfica

Víctor Yanes

Las grandes avenidas de nuestros sueños están vacías. La insaciable voracidad casi bulímica de despilfarrar la vida era nuestra razón de ser y, ahora, despertamos cada mañana entre los escombros de aquellos tiempos locos y alegres, sucios y temerarios pero libres. Hicimos del despilfarro del tiempo un arte, un oficio de alta maestría, porque vivir siempre será un género dentro del arte perteneciente a la etiqueta conceptual de animales sociales.

Cuando abrí los ojos aquel domingo 15 de marzo, pensé que el dramatismo abigarrado de la ciencia ficción de Lovecraft había llegado a la Tierra en forma de virus letal. Pensé también en Herbert George Wells y me metí en la cripta con techo de colores de mi fantasía, para guardar silencio y evocar La guerra de los mundos. Todos los elementos que componían este nuevo cuadro de la desidia, me arrastraban hasta un río caudaloso que terminaría en una catarata desconocida.

La aceleración de la incertidumbre lanzó un extraño asteroide por el vacío del descontrol. El futuro no es nada porque nadie sabe qué pasará. El enemigo es un agente infeccioso e invisible, una entidad vírica que amenaza el organismo humano, liquida la gran estructura de la rutina y bombardea el colosal cuerpo de la economía, con sus transacciones, sus relaciones contractuales, sus nóminas, su productividad. El capitalismo es un microchip pedagógico que está insertado en nuestro cerebro y dirige nuestro comportamiento, pero eso, ya lo sabíamos.

Ahora, todo ha terminado por un momento. Un descomunal paréntesis frena nuestros pasos. Vivir dentro de un paréntesis es estar en un alojamiento nunca antes conocido: una burbuja de atmósfera enrarecida, en la que, entre muchos actores nuevos y desconcertados, están los actores más tristes del melodrama, esos que se asoman a cantar a los balcones y a exhibir una alegría tan penosa como siniestra. La cárcel para un rato puede ser un juego entretenido, lo que no sabremos es cuan apoteósica e inmaculada sería esa expresión de “júbilo balconero” de no existir las redes sociales, a través de las cuales, se retransmite o cuenta un extraño relato marcado por la anécdota elevada a categoría de suceso poco menos que histórico.

Abrí los ojos el domingo 15 de marzo y pensé en la cómica ciencia ficción de Douglas Adams, necesité reírme a carcajada limpia ante el silencio conventual de una vida recogida y austera por mandato gubernamental. El silencio es el nuevo laxante emocional. Luego la vida, que siempre se abre paso con su consumo habitual de sobreinformación. Para qué estar informado si ya tenemos el miedo. El miedo terrorífico traducido en un temor profundo y arcaico a nuestra propia exterminación. La irrisoria ceremonia de la guerra preventiva contra el virus, cuando el virus no está en el aire ni nos vigila desde el cielo con ojos asesinos, pensando seleccionar a sus víctimas como si de una perversa lotería se tratara o la notable habilidad para lo superfluo de millones de aplausos cansinos y repetidos, en una resaca de sensibilidad vacía que crea mitologías encarnadas en médicos y enfermeros, a través de santificaciones de galería y pose y que acabarán en el cubo de la basura de los recuerdos de un selfie en el Facebook, en cuanto termine la crisis sanitaria.

La capacidad de aprendizaje es un enigma, ¿seremos capaces de abandonarnos a nosotros mismos cuando pase todo? El autoabandono es ahora más necesario que nunca, la herramienta que nos dará la clave de que no somos importantes en tanto que nuestra importancia dura un momento, un simple momento, Una entidad vírica con nombre extraño, Covid-19, invisible, ágil, rápida y escurridiza, imita a la electricidad con su velocidad endiablada de transmisión, casi acaba con nuestra forma de vivir, la única que conocemos y a la que, con el ánimo sensiblemente perturbado pero con entusiasmo casi inconsciente, volveremos.

 

difundeculturaAdmin

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