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Entregrar el alma

María Rodríguez (Timaginas Teatro) / La Laguna

Faltan dos horas para que se estrene ‘La vida es sueño’ en el Teatro Leal y llevo todo el día nerviosa, siempre me impone este lugar, donde hemos tenido tantos momentos mágicos pero hoy mi sensación es distinta, como cuando el estomago percibe, antes que uno mismo, que será un día complicado. Llego a los camerinos, el resto de la compañía aun no está y comienzo a prepararme para ayudar con las caracterizaciones.

Peinada y a medio vestir me dirijo al escenario, compruebo que todo ocupa su sitio y poco a poco comienza a llegar la tropa. Parecen tranquilos, relajados, entusiasmados por estar de nuevo sobre estas benditas tablas. En poco tiempo, tenemos nuestras manos haciendo piña para lanzar al viento nuestro grito de guerra; mierda, mierda, mierda y liberar con él las últimas tensiones.

Algunos consiguen probar las famosas magdalenas de Eva, y otros ya tienen un nudo en el estómago y las reservan para luego. Salimos al escenario, todo está a punto de arrancar, el teatro casi lleno, la mayoría son desconocidos pues la estrenamos hace muy poco en el Teatro Guimerá y allí vino nuestra gente a verla. Yo me acerco a los actores para darles lo que ellos llaman la charla Guardiola, hoy solo les digo que sean generosos, que entreguen el alma, que es lo único que no se puede enseñar ni aprender de este oficio y es lo que hace que el público se dé, al mismo tiempo. Rosaura, mi personaje y Clarín abren la obra desde el patio de butacas, después de la voz en off y el sonido de la flauta de Catherine.

… el patio de butacas ya está rendido y aplauden a rabiar esos
maravillosos versos de Calderón en la boca de uno de los
mejores actores que he conocido nunca”

Todo está listo, Clarín, de 13 años comienza a dar sus tradicionales saltos para liberar los nervios y yo rezo, como siempre. De pronto arranca la música, quedan segundos para salir y de pronto todo se paraliza, comienza a sonar la alarma de incendios, el personal del teatro corre de un lado a otro para intentar determinar qué ocurre. Los acomodares se dan órdenes, señales, yo me encuentro en la entrada del patio de butacas y no puedo contactar con el resto de la compañía… No sé qué pasa, la alarma se para y cuando intento salir por segunda vez, arranca a gritar de nuevo, me escondo detrás de la cortina y escucho al público que habla, se ríe, se levanta a ver qué está pasando, alguien se plantea desalojar la sala. Pienso en lo mal que lo tienes que estar pasando Jesús, solo en el sonido. Al fondo atisbo nuestro castillo con un ciclorama que presagia el atardecer en Polonia. La alarma para de nuevo y siento el impulso de lanzarme al pasillo, algo dentro de mi interior me dice que no volverá a sonar aunque una acomodadora me advierte que puede hacerlo en cualquier momento.

Mientras, Clarín conserva un aplomo propio de un adulto que llevara cincuenta años en el oficio y en ese instante pienso que este veneno del teatro crece en las venas de forma inevitable sin que nadie pueda imponértelo, ni enseñártelo, ni arrancártelo, por más que lo intenten. Salgo al patio de butacas a gritar más que nunca al Hipogrifo violento que lejos de tirarme del caballo me ha lanzado a escena casi sin respiración con pánico de que la alarma se dispare por tercera vez. Esto me recuerda a los ejercicios de preparación al parto que todas olvidamos en el paritorio, voy a pelo, sin epidural, solo con el profundo deseo de que el público olvide los ruidos ajenos al verso de Calderón y entre en Polonia y en la historia de nuestro Segismundo. Lo veo a lo lejos, en la cárcel, esperándome y eso me da confianza para avanzar por el patio de butacas y subir al escenario.

Clarín me sigue y su voz no tiembla, el público entiende su ironía desde el principio. Todo esta marcha, quiero ver al resto de la compañía pero para eso tengo que esperar a la primera bajada de telón. Todos están arriba, crecidos en la dificultad, como siempre, porque están hechos de la madera más consistente, la del amor incondicional al teatro. La función avanza y el público ya está dentro, la entienden, es curioso ver cuan poco le importa a un actor su vida en el momento de salir a escena.

Todos los síntomas de enfermedad recorren el cuerpo, alertas de infarto, taquicardia, molestias estomacales, ansiedad, hormigueo de los miembros, sin embargo ningún comediante le hace caso a estos avisos que podrían augurar una muerte inminente. Nuestra única preocupación en esos momentos es llegar al público, entretenerles, deslumbrarles, que se rindan a la historia que les contamos… Y así avanza la función con el Rey Basilio firme, Estrella deslumbrante, Clotaldo severo y Astolfo hábil y desafiante, mientras los soldados protegen y amparan la corte con ese temple que caracteriza a ambos, fuera y dentro del escenario. Intuyo entre bambalinas a Carmensa y por su cara confirmó que todo va sobre ruedas. La lucha entre los antagonistas levanta clamores en el público y después del famoso monólogo de Segismundo… el patio de butacas ya está rendido y aplauden a rabiar esos maravillosos versos de Calderón en la boca de uno de los mejores actores que he conocido nunca. Ya estamos en el saludo, tengo los ojos rallados por la emoción de haber superado una función difícil que le restó al público la oportunidad de meterse de lleno en la historia desde el principio, pero que nos permitió el reto de rescatarlos a golpe de las divinas palabras de uno de nuestros genios. Miro de reojo a mis actores y en el fondo doy gracias a esa alarma que me dio la oportunidad de volver a sentir lo grande que es mi pequeña compañía que vuela alto, incluso, con el viento en contra.

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