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El ojo cristalino en 2019

Víctor Yanes

Detrás del fracaso que corroe la esperanza, hay una sociedad entera que solo habla, fabrica verbos y protestas, pinta pancartas de igualdad y justicia, escupe consigas de involución para hacer una defensa nostálgica de una nación que hace mucho tiempo dejó de existir. El ruido de la furia de los que piden y la agresión pasiva de los que no dan. La mala gestión de lo público, llevada a cabo por personas atrapadas en la cárcel sombría y húmeda de su propio carácter narcisista. El narcisismo nunca sirvió para viajar lejos. Lo ideal sería viajar tan lejos que sea posible ponerse en la piel y en los ojos de los otros, esos otros que son los que, generalmente, sufren los desvaríos y las explotaciones propias de un sistema preconizador de la religión del dinero y del consumo sin fin.

El penosísimo espectáculo ofrecido, igual que un show barato y esperpéntico, por sus señorías hace unos días en la catedral denigrada del pluripartidismo democrático y que conocemos como Congreso de Los Diputados, es un ejemplo de la grandeza del caos, basado en unas amplias espaldas giradas contra los ciudadanos de un viejo lamento de país llamado España.

El reflejo es cristalino. Es tan cristalino que casi daña la consciencia del espectador. En la realidad de las alcantarillas del no acuerdo hay un peso profundo y doloroso, hay una evidencia humana de no entendimiento que es muy de nuestro tiempo, de nuestro presente de foto y cartel, de trending topic en Twitter, de titulares llameantes y llamativos como el neón del parque de atracciones. Los tubos de neón son el centro de nuestras vidas. Que en medio del sembrado aburrimiento explote algo, una frase con su marca de rutilante eslogan con chispa, una idea, sin profundizar, un golpe de efecto que ilumine el mundo por un momento. Es la cultura del suceso, con eso nos conformamos. Nos gustan las emociones, las montañas rusas, gritar sin parar, buscar una identidad, aferrarnos a una identidad, ya sea política, sexual, cultural, da igual. Lo más importante es sentir que somos algo, algo o alguien, porque ser es lo más desesperadamente necesario, ser parte de un grupo y desde ese lugar indeterminado lleno de dudas, a pesar del corazón henchido por sentirnos que comunión superficial con otros seres humanos, formular una propuesta de vida identitaria, con derechos más que con obligaciones.

Hemos trabajado denodadamente y con triste esmero para formar parte de la magia del orgullo de ser y de pertenecer. Es un orgullo que no sirve para nada o tal vez para ir a la tumba con un cadáver presentable que pasó todos los filtros cosméticos correspondientes. Es el origen del desacuerdo humano, porque cuanto más arraigo y pertenencia menos escucha. No viajar a otras pieles, no escuchar a tu adversario, a tu presumible socio. Se llama democracia. No hablar, no pensar, no sentir más allá de tu miserable existencia te lleva, definitivamente, al caos sin esperanza, al fracaso, al callejón sin salida.

difundeculturaAdmin

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