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Desabrido anecdotario cultural

Víctor Yanes / La Laguna

El pasado jueves 9 de abril, tuvo lugar en la librería de El Cabildo de Tenerife una nueva edición del maratón de poesía, evento organizado por Ideco, empresa que, como sabemos, depende del Cabildo Insular y que gestiona, en la isla, servicios relacionados con el ocio, la cultura y el deporte.

El éxito de la décima convocatoria del maratón de poesía fue incuestionablemente arrollador. La palabra maratón va indefectiblemente unida a dos términos de referencia como son cantidad y duración. Estamos hablando de, aproximadamente, 12 horas ininterrumpidas de lectura de poesía (como para terminar odiando el buen oficio de aprender a juntar versos) y de una cifra que rondaría los 320 participantes. Sin ir más lejos, uno de los irrelevantes objetivos de los organizadores, era superar tal cifra. Planteada la cuestión en estos términos, estaríamos hablando más que de cultura de una subcultura relacionada con la venta de una marca, cuando es una empresa pública como Ideco la que gestiona tales servicios culturales.

Durante las doce horas de infatigable labor de lectura y declamación poética, pudimos disfrutar tanto de la dulce presencia de un grupo de escolares recitando versos de autores clásicos como de las abigarradas composiciones de aficionados que, gracias a Ideco, pueden sentirse escuchados por un día. También hay que citar la participación de autores canarios de reconocido prestigio. Resumiendo: el término maratón evoca grandilocuencia proclive a establecer relaciones más cercanas a la publicidad que a la literatura.

¿Qué se pretende, dedicando un día al año a la poesía? La cultura en Canarias está acostumbrada o al ninguneo o al ejercicio de lo que podríamos llamar efectismo cultural, es decir, grandes eventos que aporten buenos titulares de prensa y cierto prestigio político a sus organizadores. Puntuales buenas iniciativas como el maratón de poesía, agradable en su papel de espacio abierto a la lectura de versos para todos, pero ingenuo, completamente irrelevante en su función de llevar la poesía a la gente. El maratón de poesía es una simple anécdota, todo lo feliz que se quiera, pero anécdota en sí, anécdota complaciente con los vecinos de Santa Cruz y la gente anónima, de la calle, que escribe y ama la poesía. Pero realmente, qué es la poesía si se limita a las tertulias privadas o a satisfacer el propio ego una vez al año. Las instituciones canarias tienen un calendario cultural bien definido, y cuando hablo de fechas en el calendario hablo más bien de manifestaciones de rentabilidad política, puro oficio de político que se alinea en la fila de los que aparentan sentir entusiasmo y manifiestan maquillada adherencia al mundo de la cultura, sus autores y otras singularidades varias. Debemos, por lo tanto, dejar la hipocresía a un lado y preguntarnos qué importancia tiene la cultura para nuestros actuales gestores públicos. La respuesta se responde por si sola.

Tenemos el Día de la Mujer Trabajadora, el Día Internacional de la Paz, el Día Mundial contra el Cáncer, por poner solamente unos cuantos ejemplos de jornadas que tienen un eminente cariz reivindicativo, sin embargo, dedicar un día al año a la poesía ¿qué finalidad tiene? La poesía no puede defenderse por sí sola, por el mero hecho de su posible poder o capacidad de comunicación. Reservar un día al año a la poesía, sin dejar de reconocer la validez festiva de un evento como el maratón de poesía, no deja de ser una minúscula anécdota.

Creo que debemos empezar a abandonar las viejas formas, los previsibles guiños paternalistas de nuestros gestores públicos con la cultura. Debemos abandonar de una vez el anquilosamiento histórico de la política de subvenciones y apostar y presionar nosotros, que somos gente de la cultura, para que ésta entre en los intereses presupuestarios y abandone el bochorno sistemático de la foto instantánea de los representantes políticos junto al laureado autor de turno. La cultura se nos hunde. La cultura, precisamente la inversión en cultura, es una realidad rentable, muy rentable como un proyecto global humano, como una tradición en la que empiecen a formarse generaciones de ciudadanos empobrecidos cultural y económicamente. Muy posiblemente estas últimas palabras que escribo son una simple utopía, una potente y entusiasta utopía por la que vale abrir, de una vez, los ojos.

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