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Deambulando

Amanhuy Calayanes (Abubukaka) / La Laguna

Si desde el escenario miras hacia el patio de butacas unas horas antes de comenzar la función se hace difícil imaginar que el rojo de los asientos vaya a tener brazos, torso y cara. Está el espacio vacío, calmo, sometido al sugestivo silencio que precede a la tormenta. ¿Les gustará? ¿Cuándo se reirán?

Alzas la vista y constatas que el teatro Leal es más a lo alto que a lo ancho y te dices: “No te olvides de los de arriba que también han pagado su entrada”. Deambulo por la caja negra movido por inquietudes traídas a través de una consentida ansiedad, mi estado de alerta escénico, la quimera que sobrevuela la inconsciencia y abrasa toda firmeza.

Tienden mis pasos hacia el extremo derecho de la boca, supongo que porque el ángulo de yeso que la remata me recuerda que esto es solo un cuadro y en su marco puedo apoyarme, un cuadro móvil y efímero en el que sus protagonistas jugarán durante poco más de una hora. ¡Lo importante es la salud! Me arengo, pero con la más mínima incidencia la salud se embarranca, las quimeras aletean, vuelvo a deambular y preguntarme compulsivamente todo aquello a lo que ya le he dado respuesta. Si el teatro tiene peine… ¿el auditorio tiene secador? No sirve en ningún caso como chiste, pero ayuda a entretener la espera, revisas si tienes el atrezzo colocado en su lugar, el vestuario en la pata que le corresponde, dónde estás en luz y dónde fuera de luz,… y en esa zozobra avanzas inexorablemente hacia el momento en el que el camerino te reclama.

Blanco para la cara desde que Abubukaka es Abubukaka, colorete y línea negra para resaltar los ojos, gomina en este caso para repeinarme de la manera más repelente posible y vestuario con aromas de uso acumulado. Paseas la lengua por la cavidad bucal, sacudes hombros, flexionas rodillas, haces aspas con los brazos y algún sonido gutural termina paliando demonios. El teatro es ritual, podré intentar cabalgar sobre la más rabiosa actualidad, pero seguiría invocando deidades en torno a la misma hoguera que prendieron los antiguos.

El Leal, con sus cien años recién cumplidos, su disfraz de romanticismo, su ubicación en el casco histórico, que no tanto por arquitectura sino por climatología te arranca un ¡Qué heladoras son tus calles… La Laguna!, me confronta más si cabe con el rito, con esa parte de mí que no atiende al curso temporal de la vida, ese lugar común en el que atendemos al curso infinito de las ficciones que logramos aceptar como atendibles. Dan el aviso de cinco minutos para comenzar la función, te sitúas en tu puesto y te invade el murmullo, te corroe, tanto que es inevitable asomar la cabeza entre bambalinas para ver cómo está el patio. ¡Está caliente! ¡está caliente! Ya no queda otra, sales, detienes tu tiempo, juegas y a la vuelta reconstruyes los hechos.

Todo un viaje, todo un encuentro en algún lugar inubicable. Sí, es el teatro Leal, ya, pero no fue aquí, aquí vas y vuelves, pero nunca estás. Cuando se han ido todos queda recoger, cargar la furgoneta y poner rumbo al local. Bien ¿no?, ha estado bien. Los días siguientes paseo por La Laguna, paso por delante del Leal y sé que dentro pasan cosas. Deambulo a partir de ahí preguntándome: ¿cuándo vuelvo?

¿Quién?: Abubukaka
¿Dónde? Teatro Leal
¿Cuándo? 9 de febrero de 2015

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