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Animales, poetas y periodistas: comunicadores

Víctor Yanes / La Laguna

La escritura representa un compromiso. El periodista es un contador de historias, historias que ve y observa. Constata unos hechos en los que está presente, viviéndolos desde una cercanía que le empuja a una realidad con la que se compromete y a la que, de alguna manera, se une. Los ojos del periodista son ojos humanos, pero los ojos del poeta, ¿de qué están hechos los ojos del poeta?

A los poetas siempre se les ha supuesto un corazón lleno de excelencia emocional, igual que un precepto romántico que siempre debiera cumplirse. El poeta es uno más, es la calle, la siente suya, es parte de la vida, porque el buen poeta, el poeta necesario que hace de sus versos la oralidad del sentimiento universal, es también un comunicador. Recuerdo a periodistas “intrépidos” con vocación narrativa, que me ponían el corazón en un puño, al borde mismo de la admiración más plena y conmovedora.

Pero volvamos al asunto de la poesía. Siempre he odiado, con todas mis ganas, la sobreestimación de determinadas tareas. Yo soy poeta o escritor o una persona que, por distintas circunstancias de índole existencial, un día de hace muchos años, se puso delante del folio en blanco y rompió el hielo para ejercitar el músculo del verbo incontenible. Repito, por necesidades puramente internas y por urgencia de comunicarme con el resto de los mortales.

El escritor es, en no pocas ocasiones, un animal rebelde que trasciende la vulgar marcha de los días. Desde su pertenencia declarada al mundo de la comunicación de las emociones o de las historias que relata y comparte, se hace visible, crece, se sustenta en los lectores y en su íntima militancia con algo que, conceptualmente, estaría próximo a alguna forma o idea de vida. Hallo relaciones claras, directas y simples entre el oficio del poeta y el de periodista.

No hace mucho, y con motivo de la presentación de mi último libro, escribí un fragmento que podría definir como la esencia de una visión diáfana, que conjuga poesía, comunicación y acción:

“Me convertí en animal cuando sentí que ya no me quedaba otra elección, si lo que quería era seguir con una relativa calidad de vida. Todos mis pensamientos, mis mapas adustamente filosóficos me metieron en un túnel negro, obsesivo, me cerraron el paso a un gran evento que la humanidad ha intentado prolongar hasta el infinito, el amor, el amor como una necesidad pura, la única y verdaderamente real, después de las propias de la subsistencia (alimentarse y dormir, principalmente).

Soy un animal porque no me quedó más alternativa, me resistí con todas mis fuerzas a la transformación, y mi primera sensación fue ver un horizonte mínimamente claro que me haría la vida más soportable. El animal no piensa como lo hacen los seres estrictamente racionales, ni se somete a una cultura materialista y cientificista, analítica y profundamente arraigada. El animal solamente quiere amar y amarse, el animal deja de pensarlo todo, trasciende el miedo, vive. El animal soy yo porque el intelectual razonador se ahogó en una marea huracanada de palabras y más palabras y humos de cigarros en noches de tertulias, porque la locura del no saber e intentar saber recurriendo

al valor de la mente empecinada, me fue hundiendo lentamente en un mundo de ideales que parecían tíos vivos de feria, dando vueltas sin sentido. Los ideales, el discurso de los ideales, la praxis de los ideales más bellos y conmovedores, para qué han servido. El animal ama la acción, ama lo básico, el intelectual ama la seducción, el placer a su manera, bajo su voluntad exclusiva, el intelectual no ama el placer, ama su pensamiento, ama la dictadura de su pensamiento y en los casos más patológicos, ama la mentira, ama su rol de impostor, al que se ata porque teme morir solo, tristemente solo.

Soy el animal luminoso, desandando el camino para andar rugiendo, rumiando, ladrando, alimentando las necesidades básicas de mi propio corazón”.

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