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Absurda princesa: Miedos

Verónica Villa, Roma

Creo que tienes miedo, marinero.

No miedo de mí o miedo de los momentos íntimos conmigo, sino miedo de acostumbrarte a mí. A mis manos, a mis abrazos, a mis caricias y a mis besos. Porque sabes que mis besos pueden ser de esos que traspasan la piel y se anclan en el alma para siempre.

Porque quizá sean los besos más sinceros que nadie te haya dado jamás.

Porque, aunque soy absolutamente imperfecta, te darás cuenta al desabrochar el primer botón que jamás has navegado en un cuerpo como el mío.

Tal vez ya lo has pensado (¿cuánto tengo para dar?) pero sabes bien que solo hay una forma de averiguarlo.
Crees que llegará septiembre, que me iré. Que no regresaré nunca…

Es lógico. Es lícito… Pero, sin embargo, aún no sabes hasta dónde puede llegar mi voluntad.

Dame un rayo de sol y te daré un amanecer.

Te lo daré. Soy mujer de palabra.

A ti no te asusta el dolor físico, soldado. Te asusta el dolor emocional. Ese que todavía no sabes bien cómo curar. No quieres pasar por la agonía de una nueva herida donde la cicatriz todavía está abierta. Por eso te proteges.

¿Cómo no te voy a entender si yo me he protegido durante toda mi vida?

Por supuesto que te entiendo.

Tú te expones frente a mí con toda la sinceridad de la que eres capaz en este momento, aunque ahí está esa armadura. Invisible para tantos, pero no para mí.

Hay muchas mujeres que te han visto desnudo sobre una cama creyendo que han visto todo de ti.

¡Cuánto se equivocaban! ¡Cuánto se equivocan! ¡Cuánto se equivocarán!

Y, sin embargo, tal vez yo he visto más de ti sin ni siquiera tocarte.

Yo te ofrezco tener las manos ocupadas en construir nuevos recuerdos que valgan la pena y no en borrar antiguos recuerdos que aún te hacen sufrir.

No necesitamos destruir nada. Lo mejor es aprender a convivir con los viejos fantasmas. Aceptarlos para vencerlos.
Tener sexo es muy simple. Puede hacerlo cualquiera.

Desnudarse, rozarse, morder, arañar, chupar, meter, sacar, volver a meter, volver a sacar…

Simple. Cualquier humano puede hacerlo.

Lo difícil es abrir el corazón a otra persona; dejarse conocer, dejarse mimar, compartir gustos y fobias. Decir: Este soy yo. Estas son mis virtudes. Estos son mis defectos. Amo, odio, temo, sufro, siento placer, lloro cuando nadie me mira, he soñado contigo, quiero verte, quiero abrazarte, no veo la hora de hacerte mía, quiero probar cómo es despertar contigo o mirarte mientras duermes, me haces reír, quiero saber lo que sentirás cuando te bese en el cuello, quiero saber lo que sentiré cuando me beses la espalda, quiero saber quién eres. De verdad. Sin máscaras. Quiero poder leer tu mirada. Sin prisa. Sin que nadie nos moleste.
Quiero enseñarte. Quiero que me enseñes.

Quiero ayudarte. Ayúdame.

Ahora quiero presentes. Solo presentes. Basta. Solo eso.

Y entonces; solo entonces, desnudarse, rozarse, morder, arañar chupar… se convierte en algo muy distinto…

Sé que lo entenderás bien, soldado. Porque tú ya hablas mi idioma…

Autor: difundeculturaAdmin

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