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Absurda princesa: mujer estándar

Verónica Villa, Roma

Después de todo, puede que sí sea una mujer estándar.

Si no lo fuera, tal vez ya me habría dado por acampar cualquiera de estas noches bajo tu ventana para aullaros a ti y a esa imponente palmera que te sirve de dama de compañía en tus horas de vigilia, lo mucho que me arrepiento de haberle dejado demasiado espacio a mi razón cuando estuve al otro lado del cristal.

O quizá habría llamado incesantemente a tu puerta sin previo aviso, escoltada por dos copas de cristal tan frágil como nuestras emociones al sentirnos desnudos y solos frente al mundo, y esa botella de vino blanco prohibida por prescripción facultativa -como prohibidas tengo yo de forma indefinida las canciones de amor- y que tal vez ya nunca beberemos juntos.

Si no fuera una mujer estándar habría sido menos comedida y mucho más expeditiva, teniendo en cuenta todos y cada uno de mis desvelos sufridos en tu presente ausencia.

Tan lejos y tan cerca… Y yo tan hambrienta…

Tan hambrienta de ti… Solo de ti… Como si la fiera fuera yo y no tú.

Si yo no fuera una mujer estándar escribiría de una vez en cada muro las ganas que te tengo y la forma en que se me parte en alma cada vez que virtualmente expresas tu dolor con el único afán de hallar una respuesta que te traiga la paz, pero que jamás llega, haciendo de tus sentimientos un barco de papel a la deriva en un charco minúsculo, con trágico final escrito en una crónica de la que yo misma fuera protagonista hace no demasiado.

Todo esto me resulta tan dolorosamente familiar…

Y en cambio, esta impotencia que me ahoga se ha convertido en la asesina de mis alegrías cotidianas.

Hace meses que me muevo como una mujer de hojalata sin corazón porque este se me cayó en tu salón la noche de nuestro reencuentro.

Lo dejé allí, sin darme cuenta, y a cambio, me llevé conmigo un beso; preludio del vacío que recibí, en lugar del prometido atardecer, tan anhelado como desconocido para mí, a orillas de tu playa-paraíso.

El Paraíso dentro del paraíso es, desde entonces para mí, tan solo una fotografía del bucolismo al que únicamente puedo aferrarme en sueños; en esos sueños donde almaceno todos los besos que inventé para ti y que, a este paso, terminarán por enterrarme en vida.

Te daría tiempo, pero… ¿cuánto tiempo tienes? ¿cuánto tiempo tenemos? ¿cuánto más?

La duda punzante y siempre latente de si nuestro tiempo pasó, si está pasando sin que podamos hacer nada por evitarlo, o si jamás pasará porque lo nuestro será eterno, como todos los amores no correspondidos, me araña el corazón tras cada puesta de sol.

¿Pero acaso no se puso para siempre cuando cerraste tras de mí la puerta de tu refugio aquella
noche, justo después de decirme que tu casa era mi casa?

Y yo asentí, porque me gustaría tanto considerarlo así, a pesar de mi permanente necesidad de
independencia. Una necesidad que no puedo ignorar y que quizá me otorgue también a mí
cualidades más felinas de lo que nunca imaginé.

Autor: difundeculturaAdmin

Comentarios (1)

  1. Boni De la Viuda dice:

    Como siempre, lectura de intimidad absorbente.

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