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Absurda Princesa: El Reino del frío

Verónica Villa, Roma

Un día, inesperadamente, te arrancaron de mí; de mi abrazo invisible, pero siempre presente, incluso a pesar de la distancia física. Te congelaron el corazón y te convirtieron en un hombre de piedra. Como si tú también hubieras nacido en el reino del frío.

¿Quién eres? ¿En quién te has convertido?

Yo podría sentir esa lucha interior que mantienes contigo mismo desde hace tanto tiempo incluso a miles de kilómetros de distancia. Porque las emociones más puras pueden llegar allí donde no llegan las balas, ni las flechas, ni ninguna otra arma fabricada, en esencia, para causar dolor.

Conozco tus sombras. Porque yo, que estoy llena de palabras, no necesito ninguna para leerte.

No olvides que aprendí a leer miradas, además de libros, hace ya mucho tiempo.

Y cuando una mirada se deja abrazar por los latidos de un corazón incapaz de mentir en las distancias cortas, todo está dicho.

Las historias inconclusas bruscamente dejan cicatrices incurables en el alma.

El terrorismo de las falsas sonrisas oscuras cargadas de destrucción silenciosa no sale jamás en los periódicos, pero también causa muertes. Y dolor. Demasiado dolor.

Si esta noche pudiera volver a hablarte en voz baja te diría:

“No me salves de ti. No me protejas. Empújame al abismo; déjame dar el salto; permíteme que caiga. No mitigues mis golpes ni apacigües mis miedos. No te salves tampoco; escápate también; salta conmigo.”

Te diría, una vez más, que la aparente conveniencia está llena de inconvenientes. Y que esconde afiladas tijeras que te cortan las alas para siempre. Que es capaz de desangrarte lentamente y que cuando te das cuenta ya es demasiado tarde.

¿Y a mí qué me queda…?

Me queda la impotencia de gritar al vacío desde el destierro en la profunda soledad de este desierto emocional que no comprendo.

Y me quedan los sueños anónimos cargados de realidades revividas noche tras noche, que me devuelven aquel escalofrío que mis dedos te hicieron sentir antes de que todo cambiase.

Y tú cogiste un avión en aquel paraíso que para mí se convirtió en infierno. Nunca hasta entonces fui consciente del verdadero peso de mi soledad.

Me queda la injusticia de sufrir un naufragio diario al borde de mi propia cama.

El lenguaje de la piel dice siempre la verdad. Puedes taparte los oídos, puedes tratar de ignorar sus gritos desgarrados, pero al final te atrapa. Inevitablemente te atrapa…

Si esta noche estuvieras aquí te diría:

“Esta noche soy débil, estoy cansada y tengo frío.

Te lo suplico. Esta noche no me dejes… marchar”

Autor: difundeculturaAdmin

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